opinion-articulos

Un autónomo cualquiera

Alfredo Hernández Torres 
Vicedecano del COEV

Como cada año, el Régimen Especial de los Trabajadores Autónomos ha soportado sus correspondientes modificaciones -centradas en cotizaciones y prestaciones-; sin embargo, estas no deben ocultar que también buscan incrementar los ingresos de la Seguridad Social. Recae el esfuerzo sobre un colectivo cuya cotización no ha dejado de aumentar, durante los últimos años, por encima de la inflación y del crecimiento de la economía; y está en sintonía con otras medidas adoptadas anteriormente. 

Se demuestra nuevamente que no se atiende, cada vez que se regula, a la singularidad inherente al trabajador autónomo, quien al inicio de su actividad, ya se estrena cotizando plenamente por la base elegida que suele ser la mínima, 283 euros en 2019, soslayable mediante la llamada tarifa plana instaurada los últimos años. Ese nuevo autónomo es consciente de que no cobrará nada por el cierre de su actividad si esta es inviable, (en régimen general tendría un despido objetivo al menos), que será muy difícil acceder a la prestación por cese de actividad (apenas el 20 por ciento de los solicitantes lo consigue según datos informales) y que, incluso puede acabar con deudas y perdiendo el patrimonio que haya podido reunir. Por ello, parte de su excedente -si lo hay- trata de ahorrarlo para protegerse o reinvertirlo para ayudar a su actividad a crecer.

Pongamos que al correr del tiempo le va mejor, crece y contrata empleados superando los diez; por ello le aumentan la base de cotización a la máxima de las mínimas del régimen general. Más gastos. En todo este proceso, responde frente a las inclemencias de la actividad con todo su patrimonio, por lo que para mitigar ese riesgo, puede que constituya una sociedad mercantil; pero entonces deviene en un autónomo societario, con nuevos inconvenientes frente a otros tipos de autónomo. Además llegado este momento quizás se le someta a un sistema tributario ad-hoc, dado que para la Administración Tributaria, la sociedad que ha constituido para desarrollar su actividad protegiendo mejor su patrimonio personal, tiene por única finalidad eludir impuestos.

Pero, aguerrido como es nuestro autónomo, sigue en su empeño. Ya lleva años en la actividad y ahora por fin empieza a tener más holgura económica; decide cotizar más puesto que se lo puede permitir. Pero la Administración no se lo va a consentir, estableciendo limites a la base máxima de cotización a partir de los 48 años de edad, límites de edad que no existen para quienes se encuentran trabajando bajo el régimen general. Se justifica por la Administración ese límite en la "picaresca" de aumentar la base cuando se aproxima la edad de jubilación.

Frente a todo nuestro autónomo sigue batallando y llegado el momento quiere acceder a la jubilación activa. Podrá si ejerce la actividad como persona física, pero si optó por realizarla a través de una sociedad capitalista, el INSS le denegará la prestación.

Sirva todo este relato para mostrar que pese a las alabanzas políticas, el emprendedor más básico, el trabajador (porque eso es) autónomo, no se desenvuelve en un entorno favorable a su realidad. Y es que según el último informe oficial trimestral disponible, el autónomo arquetípico es un varón (64,9%), de entre 40 y 54 años (45,9%), del sector servicios (73,1%), sin asalariados a su cargo (77,8%) que cotiza por la base mínima (85,9%) pese a llevar más de cinco años ejerciendo la actividad (54,6%),

Este perfil nos muestra a un autoempleado que, pese a asentarse en su actividad, tiene dificultades para crecer en su negocio, por lo que ni contrata, ni cotiza más, pese a que ya ha rebasado el ecuador de su vida laboral. Y a este trabajador es al que se vuelve a exigir un esfuerzo contributivo al sistema de seguridad social. Se anuncia ya, el estudio de un sistema de cotización que vaya parejo a los ingresos del autónomo. Algo deseable pero de compleja ejecución. Esperemos que su implantación, si llega, no comporte una nueva subida de cotizaciones para los de siempre.